domingo, 25 de noviembre de 2012

El futuro de chile. Ayer asistí una muy importate misa en el colegio de mi hijo que sale de cuarto medio. Dada importancia de la ocasión, la capilla se llenó y quede en un rincón en el que había algo más de espacio. Junto a mi, algunos padres jóvenes con sus niños pequeños de prebásica. Dos o tres, que a poco de empezar, jugaban al cachipum de manera bastante ruidosa, bajo la atenta y entre orgullosa y tierna mirada de sus padres, los que cada dos o tres rondas les pedían que bajaran el volumen, pero nunca intentaron detener el juego. El ruido que hacían los niños atrajo a sus compañeros de curso, que empezaron a llegar, liberando a sus padres, que estaban esparcidos por la capilla, hasta que finalmente tuve a ocho o diez  infantes jugando en el suelo a mis pies. Obviamente no logré escuchar una sola palabra del emotivo discurso de despedida que hizo el rector del colegio. Alguien forjó hace muchos años la frase para el bronce que titula esta nota, para refrirse a los niños. ¿si estos niños crecen, bajo la atenta mirada de sus padres,  sin ninguna noción de autocontención, disciplina y respeto en lugares públicos, respeto por la ceremonia y, si son creyentes, que debieran serlo para estar ahí, interés por oir el mensaje que se les entrega, cuando crezcan podrán:                     - ser puntuales y productivos,                      - estudiar o trabajar hasta alcanzar sus metas aunque el cuerpo pida un descanso                     - respetar la ley, el medio ambiente, las minorías                     - cumplir sus promesas                     - respetar la fila                      -  aferrarse a un ideal , un sueño, una esperanza cuando todo apunte en contra?           ¿podrán, ?       Bueno, algunos sí, otros no, pero no gracias a la educación que sus padres les han dado                     

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